Un ángel en el parque…

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La tarde era sofocante. La temperatura era insoportable. Había caminado diez calles para que el tiempo pase, pero fue un grave error porque el sol era abrasante. Claro, era medio día cuando comencé a caminar. Cuando llegué a la décima calle mi espalda esta mojada por el sudor. Una bebida gaseosa helada no fue capaz de contrarrestar el calor.
Pero la recompensa estaba a unos pasos. Un parque con árboles de medio tamaño era ideal para detenerse, sentarse y reposar bajo la sombra. Esperando que un poco de viento me baje la temperatura.
Los bancos no eran tan cómodos, pero la sombra si que ayudaba y aunque el viento no era mucho siempre es mejor algo que nada. La tarde era igual para todos, pero no todos, como yo, podían detenerse a disfrutar de esa sombra y de ese poco viento.
Tenía que esperar una hora alli, porque soy muy estricto con mi hora de almuerzo. A la 1 y 30 de la tarde era mi costumbre degustar los platos que se preparaban en los alrededores. A las 2 de la tarde recién el departamento de inmigraciones me podía atender, sólo esperaba que mi pasaporte esté listo ya.
El parque era muy colorido, pero pequeño. Con mis ojos podía alcanzar a ver a todos los que entraban y salían de el. No habían rosas, pero los girasoles le ponían alegría en la parte central donde sólo se erigía un muro de mediana altura donde, supongo, estaban los nombres de los que inauguraron el parque.
Mi ociosidad de ese momento me hizo captar casi todos los detalles del lugar. Por ejemplo, que había lugares en que el pasto estaba verde, muy verde, lindo; pero habían lugares que estaba amarillento. Me pregunté porque. Mi única respuesta era que tal vez habían dos jardineros y sólo uno de ellos era responsable con su trabajo. En varios árboles (que eran 4) noté que habían inscripciones de corazones. Seguramente de parejas que aprovechando la oscuridad de las noches trataron de eternizar su nombre. Pero dos personas habían regresado recientemente para tachar dos corazones.
– Suele suceder – me dije.
Mis observaciones seguían, ya me había olvidado del sol y de su calor abrasador. A mi lado derecho estaba sentado un anciano, con una camisa blanca de manga corta que leía un periódico deportivo. Enterándose de tal o cual jugador y que otras cosas más. Tenía los zapatos negros relucientes, si hubiese puesto mi cara frente a su calzado de seguro hubiese arreglado mis cabellos como cuando lo hago frente a un espejo. El anciano era de contextura media y mientras yo observaba de reojo (no quería que me sorprendiera mirándolo y pensara que soy gay) él leía la última página.
Apenas terminó de leerla, se levantó del banco y se fue. Me dije que otra persona ocuparía ese lugar, no me movía del mío porque el viento me era favorable y me refrescaba mucho. Yo seguía contemplando el parque, cuando en un momento indicado mi corazón saltó de improviso cuando el sentido del olfato le dijo a mi cerebro que una fémina estaba muy cerca de mi. Mi cuello dirigió la cabeza y mi mirada hacia el lado derecho, es decir hacia donde se había sentado el anciano. El lugar ahora era ocupado por un ser divino. Creo que el tiempo se detuvo. No me importó cosa alguna, no escuchaba ruidos, no olía nada más que su perfume, no miraba nada más que su figura.
Su piel era blanca, pero no al extremo de la leche, sino que estaba tenuamente tostada por el sol. Llevaba una falda blanca, a la mitad de los muslos y una blusa de color violeta. Pero lo primero que me llenó de fantasía era su mirada. Cuando yo volteé a mirarla ella también me miró por un segundo. Pero como les dije, el tiempo para mí se había detenido, todo corría en cámara lenta. Y pude ver sus ojos negros como la noche más oscura. Irónico y contradictorio es para mí decir que esos ojos oscuros me alumbraban en medio de una tarde soleada. Pero así era, porque tenían una profundidad enorme, parecía que podía ver a través de mí. Eran delicados sus ojos y fuerte su mirada.
Sus labios no eran delgados, pero tampoco eran gruesos. Parecía que Dios se había detenido a dibujarlos exactos para provocar a los inmortales. y tenían un color rojo, quiero pecar de tonto pero creo que era su color natural. Así como el color de su piel. Parecía que el calor que a mi me había agotado y hecho sudar en la espalda y frente a ella no le había afectado. Era perfecto su rostro en ese instante, no había un rastro de sudor en su frente o en sus mejillas.
Ella se acomodó después de un millón de segundos (recuerden que para mí el tiempo pasaba en cámara lenta). Sacó un espejo de su bolso, mientras cruzaba sus piernas.
– ¿Para qué el espejo? – me pregunté yo en silencio, sino necesita más.
Pero ella miraba un lado y otro de su bello rostro y como todo para mí estaba en cámara lenta pude ver sus piernas cruzarse segundo a segundo. La derecha quedó encima de la izquierda. Las dos parecían tan suaves, tan delicadas. No había presencia de alguna cicatriz. Parecían recién hechas por el Creador. La falda blanca le descubría la mitad de los muslos que no eran tan regordetes ni tan delgados, la cantidad perfecta de músculo para el buen ojo.
Mis ojos me llevaron a mirar ahora su nariz. Era perfecta, los griegos la envidiarían. Creo que las mariposas gustosas se asentarían sobre ella. Y luego sus cabellos, negros como sus ojos. No había rastro de maltrato en uno de ellos. El viento incluso parecía haberse encariñado con ellos porque había dejado de soplar sobre mi para irse del lado de ella y hacer que sus cabellos tocaran mi hombro.
Entonces habló: “disculpa”, me dijo mientras recogía sus cabellos con sus delicadas manos. Eran pequeñas, suaves, envidia para las modelos que aparecían en publicidad de jabones, o cremas para el cuerpo. Sus uñas eran del tamaño perfecto.
Mirando todo esto se me olvidó que me había hablado, a mí, este mortal. El “disculpa” fue un halago para mí y más aún su sonrisa. Esa coqueta sonrisa me idiotizó porque cuando quería decirle: “no te preocupes” de mis labios salieron sólo monosílabos, parecía un niño de 2 años que aprende a hablar. Mi cerebro repicaba para que las palabras salieran, pero los nervios me jugaron a la traición y no pude ni siquiera devolverle la sonrisa con una sonrisa mía.
La seguí mirando, tratando de recuperar el tiempo perdido, pero fue en vano. Esos pocos segundos de contacto se habían desperdiciado. Y maldije a los que inventaron los campanarios, a los que inventaron el reloj y la puntualidad. Porque apenas sonaron las campanas de una iglesia cercana ella miró su reloj y dijo en voz delicada – ya es tarde.
Malditos sean todos los que enumeré, porque ella se paró del banco y mi corazón se iba con ella. No podía hablar aún, mis piernas no respondía, quería pararme, pedirle algún número telefónico. Lo único que respondía de mi cuerpo era mi cuello que permitía a mis ojos contemplarla mientras abandonaba el asiento, luego la sombra del árbol y por último la acera del parque. No pude moverme hasta que ella desapareció de mi vista. Entonces mis piernas funcionaron y me levanté de un salto, corrí, tropecé con algunas personas y me cruce a calle sin mirar a ambos lados. Todo era tan rápido. No escuchaba las maldiciones de las personas con las que tropecé, ni el claxon de los vehículos que pudieron atropellarme. Por fin alcancé la calle por donde la perdí de vista, pero ella no estaba. No había lugar por donde ella pudiera entrar porque era una calle peatonal larga, formada por dos paredes de instituciones públicas. Pero mi vista no era capaz de verla por ningún lado. Había poca gente. Le pregunté a un vendedor de caramelos, le di la descripción de la bella dama, pero me dijo que no la vio. Eso hubiese sido imposible para cualquier mortal, porque su belleza no pasaba desapercibida.
Demoré más de 15 minutos buscándola, pero no sirvieron, fue tiempo perdido. Ya no estaba entre nosotros. Ella era un ángel, en el sentido que quieran entenderlo. La vi, estuvo a mi lado, me habló, me sonrió y ni siquiera sabía su nombre. Yo no le hablé, no le dije nada, no le sonreí, no le dije nada.
Esa noche no dormí recordando cada segundo. La madrugada me alcanzó y mis ojos no se cerraban.
Un ángel hubo en parque, y no le dije nada, no supe de donde venía y ni siquiera sé su nombre.

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