Recuerdos de mi madre

Hoy tuve un escape ala niñez. Me vi en la cocina de mamá. Ella estaba allí sin delantal pero con los cucharones de madera probando la sazón de la comida que esa tarde disfrutaríamos. SIempre me dijo que nunca le gustó cocinar, y cuando parecía que iba a decir algo más se detenía. Pero con el tiempo aprendí a leer sus ojos y ahora que repite esa frase: “nunca me gustó cocinar” leo en sus ojos lo que sigue: “pero lo hago para ustedes”. Y siempre que nos sentamos a comer algo preparado de sus mano lo celebramos.
Pero mi recuerdo no acaba allí. Ella se da tiempo para mirar la televisión y para conversar, no es indirecta, sólo espera el momento preciso para preguntar o para comentar algo que no le gustó. En este recuerdo tengo 19 años. Mi sueño común de ser un médico se había estrellado contra 3 examenes de admisión, y ahora debía cambiar de rumbo. No era fácil, mucho menos si ella no estaba de acuerdo con la opción que había elegido. Las conversaciones habían sido muy cortas hasta ese día, pero no se podían esquivar más, porque al siguiente debía inscribirme.
Yo estaba decidido, pero ella quería insistir en el tema.
– ¿Y?, ¿Ya decidiste? – me dijo mirándome a los ojos
– ¿De qué? – repliqué, haciéndome el tonot, tal vez para hacer la conversación más divertida
Pero ella no quiso que fuera divertida, quería que fuera seria y me lo hizo recordar
– ¿Cómo que de qué?, sabes a que me refiero, sobre la univrsidad.
– Claro – contesté, ya decidí y mi papá me apoya.
– Bueno, solo espero que no equivoques, te apoyaré aunque no esté de acuerdo.
Ella se levantó, se acercóa al lavadero, se lavó las manos y salió con rumbo a la sala. Pero antes de hacer todo esto, cuando la conversación estaba por terminar y me dijo que me apoyaría, vi su mirada y la leí.
Sus ojos brillaban, con mi “claro, ya está decidido” le desgarré el corazón. Ella me decía que no estaba de acuerdo, pero que iba a cerrar su boca, que me apoyaría.
Ahora que lo recuerdo y escribo estos detalles mi memoria es vaga en cuanto al escenario. Era nuestra segunda casa, nos habíamos mudado a una urbanización en el pueblo donde vivíamos, las cosas no eran iguales. Mi edad no era la misma de cuando estaba en esa calle que tiene el mismo nombre que la capital peruana. Todo era tan distinto. Pero hay una cosa que no olvido, su rostro, a punto de llorar, puedo ver su corazón herido por mi respuesta, porque ella había sugerido otro camino y yo no estaba dispuesto a obedecerle.
Hoy, sentado escribiendo este recuerdo sé que ese día, ella se dio cuenta que un hijo más dejaba de ser niño para tomar decisiones. Con los años, ella me dio indirectas respecto a este día. Palabras como: “a los hijos hay que dejarlos decidir…” o “… si nosotras (las madres) creemos que están equivocados, ya veremos con el tiempo quien tiene la razón”.
Lamento que haya sido una mañana como esa, no recuerdo el día exacto, de eso ya son casi 9 años. Hoy le doy gracias por no replicarme lo que muchos padres huubiesen replicado. Frases como: “pero soy tu madre, ¿acaso mi opinión no cuenta?”, no hubisen servido sino para distanciarnos.
Aclaro que fui inocente o tonto y no tener tino para decirle mi decisión, pero con ella las cosas siempre fueorn directas, “sin rodeos”, solía decir.
Le agradezco, porque es una madre excepcional, porque a partir de ese día también se convirtió en mi amiga que es sinónimo de madre muy cercana. No hay muchos secretos que no sepa de mí. Esas lágrimas ahorradas ese día le ahorraron sufirmientos de hoy. Esas palabras que no dijo le entregaron un hijo-amigo, un aliado a la hora de los problemas, un consejero en tiempos malos y nos ha dado una conexión emocional grandísima.
Por eso, cuando alguien me pregunta por mi mejor recuerdo de la niñez esté está entre los mejores. Admito que hay otros, como las bromas que me jugaba, su risa que contagia a otros, sus oraciones por mí cuando estaba enfermo, sus cuidados especiales. Pero lo que más admiro de ella es su fuerza.
No fue a una escuela de liderazgo donde le dijeran que debía de controlar sus emociones para ganar en la vida, que debía evitar las riñas para ganar amigos, que debía mantener el buen humor y el traro horzontal. Eso ya estaba en su corazón, Dios la creó así para criarme, a mí y a tres hermanos más. Tal vez por eso su nombre es Victoria, porque nació para ser lider, para vencer, para ganar.

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